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¿Fumas?

¿Fumas?

A mis treinta y siete años jamás he fumado un cigarro. Nunca me ha interesado.

De hecho, en lugar de que mi papá me descubriera una cajetilla, yo se la descubrí a él, abajo del asiento del conductor, en una temporada que trabajaba como taxista, habré teñido unos nueve años. No recuerdo qué pasó con ellos después.

En la secundaria veía a amigos fumar y lo único que veía era que estaban dañando su salud y que apestaban horrible. Lo mismo me pasó con una chica que me gustaba en ese entonces. Con el olor dejó de interesarme.

No he fumado cigarros, pero sí puros, en unas cuantas ocasiones que he considerado especiales. Una vez me mareé tanto con un puro que parecía que me había emborrachado.

El cigarro es un hábito caro. No sólo por el precio de las cajetillas, sino también por el impacto social (ya no es “cool” fumar) y por los costos que conlleva en la salud: desde los dientes hasta los pulmones, literalmente todo se daña. Y es un daño que toma años revertir.

Si tú fumas, considera esto como mi invitación para dejar de hacerlo. Si no fumas y estás considerando hacerlo, mi invitación es, obviamente, que no lo hagas.

Pero, a final de cuentas, lo que hagas con tu vida es tu responsabilidad. No mía. No de tus padres. No del gobierno. Tuya.

Hacia adelante.

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