El efectivo, el dinero constante y sonante, tiene un valor especial, como es visible y tangible, es fácilmente intercambiable por productos y servicios.
Pero también puede ser inseguro (especialmente si vives en zonas difíciles), además de que es tedioso y desgastante tratar de identificar y llevar un registro en qué lo gastas, y, francamente, ocupa “mucho” espacio.

Entre otras razones es por esto que hace varios años tomé la decisión de eliminar el efectivo de mi vida. Todo, absolutamente todo, lo pago ya sea con transferencia electrónica o con tarjeta (porque también odio los cheques).

Sobra decir que negocio que no acepte tarjeta, es un negocio al que no le voy a comprar, no porque no quiera, sino simplemente porque generalmente no tengo efectivo.

El ejemplo más claro es el de Ramón, un joven emprendedor que se dedica a la venta de alimentos en oficinas. Es un negocio interesante: Prepara determinado número de órdenes, y simplemente va a ofrecerlos de oficina en oficina hasta que se termina su inventario. Probablemente su comida es deliciosa, pero no lo sabré, porque cuando le pregunté si acepta tarjetas me dijo que no, que sólo recibe efectivo y cheques.

Le pregunté por qué no recibe tarjetas. ¿Su respuesta? “Por que es muy caro”.

La competencia por procesar pagos es tremenda. Un negocio pequeñito como el de Ramón quizá pagará alrededor de 3% por transacción (si su orden de comida cuesta $7 dólares, esto representa 21 centavos de dólar), más el costo del celular que le permita hacer el pago (los planes son cada vez más baratos, podría conseguir alguno por $40 dólares al mes, suponiendo que no tiene uno ya).

¿Cuántas ventas podría generar Ramón si se abriera a la posibilidad de aceptar tarjetas? ¿Cuántas ventas está dejando a un lado por su idea limitante de sólo aceptar efectivo y cheques?

¿Cuánto estás dejando a un lado tú por tus ideas limitantes?  ¿Cuánta vida, cuántas alegrías, cuántas oportunidades, cuánto dinero?

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