Por años se ha dicho que el miedo más profundo de muchísima gente es hablar en público.

Más que morir, a muchos les aterra hablar en público. Desconozco qué tan cierta sea esta esta anécdota que he oído de numerosas fuentes a través de los años, pero quizá tenga algo de cierto. Hay quien prefiere estar muerto a tener que hablar en público.

A mí, por el contrario, me encanta. Es algo que disfruto mucho, que prácticamente puedo hacer de manera natural. ¿Qué tan bien lo hago? Yo creo que lo hago bien, y, como en todo, sé qué áreas tengo que mejorar (como el movimiento de los brazos, por ejemplo), y estoy trabajando para ser cada vez mejor, pero definitivamente no me da miedo.

También se me facilita mucho escribir. Las ideas surgen, las tomo y las plasmo en papel.

Y así, como esas, hay varias cosas que disfruto mucho hacer que a algunas personas les da miedo.

Pero no me pidas subirme a una montaña rusa. O a iniciar una plática con un desconocido. Eso, la verdad, y lo confieso sin ninguna pena, me da miedo.

¿Por qué no le temo a hablar enfrente de cientos de personas, pero sí ante una? No lo sé. Es algo que llevo tiempo trabajando, pero aún así no deja de ser difícil. Lo interesante de esto es que, precisamente en hacer las cosas que dan miedo es en donde está el crecimiento. Porque hacer las cosas que resultan fáciles es estar en la zona de confort. En la comodidad de lo conocido. En hacer lo “difícil”, lo que da miedo es donde está tu desarrollo personal.

Así que, enfrenta tu miedo. Calcula cuánto debes y desarrolla un plan para pagar tus deudas. Acércate a un abogado y crea tu testamento. Inicia un plan de ahorro. Háblale a ese familiar con el que te peleaste por quién-sabe-qué-razón hace quién-sabe-cuántos-años. Y verás cómo, como por arte de magia, to vida empieza a mejorar. ¿Por qué? Porque tomaste control. Porque te saliste de lo cómodo. Porque te enfocaste en tu crecimiento.

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